348. La Sabiduría Integral en la Totalunidad de lo cósmico
lo humano y lo Divino, Lc 4, 1-13
02. Πάντες ἓν, Todos Uno. Jn 17, 21 La Totalunidad por interrelaciones e interpenetraciones pasa con Cristo nosotros y el cosmos. Πάντες γὰρ ὑμεῖς εἷς ἐστε ἐν Χριστῷ Ἰησοῦ. Omnes enim vos Unus estis in Christo Iesu. Gal 3, 28 Tenemos que volver a unir ciencias que durante siglos se han fragmentado, es una misión que nos pide la Autorrevelación de la Trinidad, Jesucristo y su Iglesia y la estructura misma del conocimiento del cosmos la humanidad y Dios. Una civilización comienza a tambalear cuando cada disciplina habla sólo por sí misma y deja de relacionarse con todas las demás. Marguerite Yourcenar, Memorias de Adriano No podemos dejar de trabajar, en medio de tantas desuniones, y recuperar una cierta unidad, basada en la Verdad de Jesucristo, del conocimiento capaz de iluminar de nuevo la realidad como Todo Uno, sin jamás dejar una sana diversidad muy necesaria para esa Totalunidad. Ésta tiene una fuerza metafísica y mucho más pneumatológica en el Resucitado, que no se reduce a un problema epistemológico sino que apunta a la estructura misma de la realidad, sin ser una unidad indiferenciada, ni fusión o absorción de las diferencias, sino como κοινωνία Mente común o comunión de realidades distintas que encuentran en Cristo su centro, su sentido y su destino, Única Verdad Ontológica y Escatológica. La creación entera, el cosmos y la humanidad, está llamada a esa comunión cada vez más profunda con Dios, siendo esta la suprema Transmisión que debemos hacer al evangelizar. Acuérdate de nosotros padre José y haz que cumplamos la misión que la Divina Providencia del Padre nos ha encomendado en la fidelidad de la fe. Manifestar el perfume de la Totalidad de Cristo, irradiar la Gracia a los pobrísimos de Espíritu, y transfigurar en belleza gozo y paz el universo que nos circunda, edificando la Iglesia y construyendo un inicio de mundo nuevo. Oraciones, 1994 Somos animales racionales que nacemos, aparecemos, y con rapidez, el 80% morimos alrededor de los 73 años salvo algunos países de Europa y Japón con algo más de 80, desaparecemos. Seguirá en la vida eterna la misión o misiones transformadas pero que ya algo comenzamos en esta peregrinación con fracasos y éxitos, no lo sabemos del todo. Pareciera que el magisterio no se ha expedido sobre este tema tan anhelado por muchos, pero sí, muy medidos, algunos teólogos como J. Moltmann en su Theologie der Hoffnung, La esperanza cristiana no es reposo eterno, sino participación en la nueva creación de Dios, y H.U.von Balthasar en su Theo Drama V, La misión personal, recibida en Cristo, no se anula en la muerte, sino que se transfigura en la participación plena en su obra redentora. Animas omnium sanctorum, statim post mortem et purgationem, vident divinam essentiam visione intuitiva et etiam facie ad faciem, sine alicuius creaturae interpositione, divina essentia se ipsis immediate manifestante, clare et aperte, et sic vident et fruuntur illa Divina Essentia. Benedictus Deus. 29 enero 1336. DS, 1000-1002. Anima rationalis est essentialiter forma corporis humani et etiam immortalis. Lateranense V, 1513 La razón puede mostrar que no es irracional sostener la inmortalidad del alma, pero la certeza absoluta proviene de la fe. CEC, 366 Lo que haremos en la visón o en la resurrección será, como pasa con los ángeles con sus servicios, la Voluntad del Padre y eso es lo que querremos de todo corazón viendo lo creado asumido en un dinamismo tal por lo Increado, en una Unitotalidad que en el tiempo nunca podremos pensar, quod oculus non vidit, nec auris audivit, nec in cor hominis ascendit, quae praeparavit Deus his, qui diligunt illum. 1 Cor 2, 9 Pero debemos prestar atención, si por Totalunidad entendiéramos una humanidad unificada, sin conflictos, divisiones, guerras ni contradicciones, estaríamos apartándonos de la pavorosa realidad del pecado y de la historia que muestra una humanidad en permanentes fragmentaciones por intereses, culturas, ideologías, pasiones y hasta religiones. Soloviev no pensaba la Totalunidad como un hecho sociológico sino como una verdad ontológica y una vocación espiritual, las partes están unidas en una profundidad que a veces no percibe ni puede realizarse en plenitud. Por eso conviene distinguir tres niveles. La Totalunidad como fundamento del ser. Todo procede de Dios, subsiste en Dios y está ordenado a Dios. Lo cósmico, lo humano y lo divino no son realidades aisladas. La Totalunidad como tarea histórica, nunca se realizará en todo, sino en comunidades, culturas, familias, iglesias, amistades, obras de reconciliación y comunión. Serán anticipaciones parciales. La Totalunidad como plenitud escatológica no pertenece a la historia sino al Reino consumado y Dios sea todo en todos, ὁ θεὸς πάντα ἐν πᾶσιν. 1 Cor 15, 28 Hay que desconfiar de una idea de Totalunidad entendida como una futura organización armoniosa de toda la humanidad. La historia no parece dirigirse hacia una convergencia automática. Pero sería distinto afirmar que la Totalunidad no existe o que es imposible. Quizá sea más exacto decir, la Totalunidad no es el estado visible de la humanidad, sino el misterio profundo que sustenta la creación, la vocación que inspira y por la que siempre debemos trabajar en esta historia, sabiendo que su plenitud sólo llegará a consumarse más allá de la historia. Cuando hablamos de la Totalunidad de lo cósmico, lo humano y lo Divino, no estaríamos describiendo un hecho sociológico observable, sino una Sabiduría Autorrevelada en Cristo que permite descubrir una unidad más profunda que todas las divisiones históricas y que se manifestará en la transhistoria de la vida eterna. Ana Gil, Una rosa en Irak Aquí, mientras peregrinamos, las divisiones seguirán existiendo, pero la Totalunidad es más honda que ellas, aunque sólo se manifieste en fragmentos, en grupos, personas y comunidades concretas como las de la Iglesia católica y una. Porque según el principio ontológico, toda la realidad procede de una fuente común y está interrelacionada con las demás. En el tiempo los seres humanos estamos llamados a crecer en comunión, aunque nunca la realicemos en su plenitud. Esa Totalunidad definitiva pertenece al cumplimiento último del Proyecto de la Trinidad, no a la evolución de nuestra historia. La imposibilidad de su realización histórica convenció a Soloviev del carácter escatológico apocalíptico transhistórico de ese Pléroma de Totalunidad y de la lucha que la Iglesia ha de llevar a cabo contra el espíritu del mal, Ap 20, 7-10 para arribar a la Absoluta Singularidad de la Nueva Totalunidad. Ἰδοὺ καινὰ ποιῶ πάντα. Ap 21, 1-5 La fragmentación no tendrá la última palabra sobre la realidad. Hasta la misma fugacidad humana es un argumento a favor de la Totalunidad, aunque sea lograda aquí en pequeñas dosis a discernir pues no toda unidad es comunión. Existe una unidad que es totalitarismo diabólico mundial, mientras que la Totalunidad auténtica, la Verdad definitiva del Ser, tiene por Centro al Logos hecho carne. Dado que vivimos apenas unas décadas, necesitamos participar en algo mayor que nosotros mismos, una tradición, una cultura, una comunidad, una verdad, una real comunión que nos trasciende. La fugacidad no refuta la Totalunidad, revela nuestra necesidad de ella en la communio sanctorum. En la unicidad de la vida humana se ve con claridad su seriedad. Communio cum Christo statim post mortem non tollit expectationem resurrectionis universalis. Quamvis tempus iam non existat, manet quaedam distinctio inter visionem beatificam et plenitudinem eschatologicam Resurrectionis. Dicasterio para la doctrina de la fe, Algunas cuestiones actuales de escatología, 1979.
03. La Totalunidad es una aportación profunda, mística y ambiciosa en la historia del pensamiento. Desarrollado por otros antes y después del escritor ruso Vladimir Soloviev, 1853–1900 funciona como un puente entre la filosofía occidental, la teología ortodoxa oriental y el misticismo universal. No es una teoría abstracta, sino una realidad viva donde el cosmos la humanidad y Dios no están separados ni confundidos, sino que forman un organismo único, armónico e interconectado, sin que ninguna de sus partes pierda su identidad individual. Es una respuesta directa al dilema que arrastra gran parte de la filosofía europea. Por un lado, el materialismo que fragmenta el mundo en átomos ciegos, por el otro, el idealismo racionalista que lo reduce todo a ideas abstractas. Soloviev propone algo superador a través de tres pilares. El Todo no destruye la parte, a diferencia del panteísmo radical, donde el individuo se disuelve en Dios, en la Totalunidad es el Absoluto quien contiene la multiplicidad. Cada ser humano conserva su libertad y su individualidad, pero descubre que su verdadera esencia está unida al Todo. La Divino humanidad de Jesús nos muestra que la evolución del cosmos no es ciega, tiene un origen y una meta. La historia es el proceso mediante el cual la humanidad y la naturaleza se divinizan en libertad, unificándose con el Creador. Sofía o la Sabiduría Divina es figura mística como alma del mundo, el principio femenino que actúa como el plano ideal de la creación y la fuerza cósmica que empuja lo creado disperso a volver a unirse al Único Dios. Esto es lo más rescatable e inspirador de la Totalunidad es su carácter integrador. En una época de especialización extrema y alienación, que hoy seguimos padeciendo, nos recuerda la necesidad de un conocimiento integral que unifique las tecnociencias con la filosofía y la teología. Su punto débil es su fuerte carga utópica, cual su proyecto de una teocracia universal, unir el poder del Papa católico con el del Zar ortodoxo ruso para guiar a la humanidad hacia la Totalunidad, terminó chocando con la dura realidad política de su tiempo. Por eso casi al final de su vida Soloviev se volvió más apocalíptico al darse cuenta de que el mal histórico no se disolvería sino al fin en una armonía Nueva hecha por la Trinidad. Tengamos en cuenta que Soloviev no inventó la idea de la Totalunidad desde cero, conectó con una larga tradición mística y filosófica que se divide en dos grandes bloques, sus antecedentes históricos y sus continuadores. Plotino y el Neoplatonismo, s. III ya hablaba de el Uno, una realidad absoluta de la cual emana todo lo existente. El universo físico es una manifestación de esta unidad, y el alma humana tiene un deseo natural de regresar y unirse de nuevo con el Uno. El Pseudo Dionisio Areopagita, sV-VI afirma que Dios está más allá de todo ser, pero a la vez es el lazo que unifica a todas las criaturas en una jerarquía cósmica de amor. Nicolás de Cusa, sXV acuñó el término Coincidentia oppositorum, donde Dios es el Infinito en el que todas las contradicciones del mundo empírico finito se reconcilian y unifican. Baruch Spinoza, sXVII con su Deus sive Natura, planteó que solo existe una única sustancia absoluta. Aunque Soloviev rechazó su panteísmo y criticaba a Spinoza por ser demasiado determinista y reducir la libertad humana, una cierta estructura de una realidad única subyace en ambos. Friedrich Schelling, sXIX con su idealismo objetivo marcó en profundidad al joven Soloviev pues veía la naturaleza como el espíritu visible, y al espíritu como la naturaleza invisible, buscando la identidad entre el sujeto y el objeto. Pável Florenski, 1882–1937 teólogo, científico y sacerdote, llamado el Leonardo da Vinci ruso, en su obra La columna y el fundamento de la verdad, utiliza la Totalunidad de Soloviev pero la fundamenta con firmeza en el dogma de la Trinidad y en la belleza de la liturgia ortodoxa. Serguéi Bulgákov, 1871–1944 desarrolló la Sofiología explicando cómo el aspecto creado del mundo y el aspecto increado de Dios se conectan a través de la Sabiduría Divina. Semión Frank, 1877–1950 llevó la Totalunidad al nivel filosófico más sistemático y riguroso. En su libro Lo Inaprensible, argumenta que la lógica humana racional divide el mundo, pero nuestra intuición mística y vital nos permite captar que todo lo que existe flota en un océano de Unidad Transracional. La Totalunidad es la respuesta filosófica a cualquier intento de fragmentación, no somos piezas sueltas en un universo caótico, sino ramificaciones de un Único Tejido Divino que avanza hacia la armonía completa. Pero debemos tener cuidado que la Totalunidad no se nos transforme más bien en Pluritotalidad, una especie de unir opuestos sin notar qué es lo que los amalgama y hace que todo sea uno. Opino que a Soloviev le pasó bastante eso hasta su último año en que vio el drama final, la Iglesia reducida a un grupito que sólo se salva del poder demoníaco por la segunda venida de Jesús. Pluritotalidad es una colección de opuestos empaquetados juntos, un ecumenismo o una síntesis filosófica armada con buena voluntad, pero sin que se termine de encarnar ese pegamento absoluto que los funde en el Uno. Se siente más como una vecindad de contrarios que como una verdadera transfiguración. A él le pasó eso durante gran parte de su vida. Su primera etapa estuvo marcada por un optimismo casi utópico la idea de la reconciliación histórica de las Iglesias, y la convicción de que el progreso histórico y social divinizaría el cosmos de forma casi orgánica. Intentaba amalgamar la razón occidental con la mística oriental, la ciencia con la fe. Pero el vuelco de su último año, plasmado en su testamento espiritual, Tres conversaciones sobre la guerra, el progreso y el fin de la historia universal, que incluye el famoso Breve relato sobre el Anticristo, escrito en 1900 es brutal. Ahí es donde se le cae la venda del optimismo histórico. Se da cuenta de que el mundo no se encamina en paz hacia la unidad divina, sino hacia una falsificación de la unidad. El Anticristo de Soloviev no es un monstruo evidente, es el epítome de la Pluritotalidad humana. Es un filántropo, un ecologista, un pacifista universal que unifica al mundo bajo una paz global y un bienestar material. Es la unidad sin Cristo, una cáscara vacía. Al final, la verdadera unidad no se da en estructuras institucionales ni en el éxito histórico, sino en la catacumbas, en ese grupito remanente. El Papa Pedro, el teólogo Juan y el profesor Pablo, representando al Catolicismo, la Ortodoxia y el Protestantismo se unen de verdad solo cuando lo han perdido todo, perseguidos por el poder demoníaco. Lo que los amalgama y los hace uno en ese drama final ya no es una teoría filosófica ni un proyecto político religioso, es la fidelidad desnuda a la Persona de Cristo en medio del colapso total, una unidad que solo se consuma y se salva con la Parusía, la segunda venida de Jesús. Bueno releer La leyenda del gran inquisidor de Dostoyevski en Los hermanos Karamázovi, y a Soloviev en Breve relato del anticristo. Pensar que debido a que citamos a Soloviev, como a tantos otros, estaríamos de acuerdo con todo lo que dicen, sin discernimiento en comunión con la Tradición la Biblia y el Magisterio de la Iglesia Católica, y que ese discernimiento lo deberíamos hacer a cada frase que escribimos sería una equivocación. Ayudamos en lo posible, pero sin dejar de estar en La biblioteca infinita o de Babel que contiene todos los libros posibles, con todas las combinaciones de signos, debería existir un libro que explique el sentido de la biblioteca, un catálogo perfecto o índice universal, pero nadie lo ha encontrado, es más la mayoría de los libros son incoherentes, absurdos o inútiles. Ahora bien, si todo está escrito, también está escrito el libro que da sentido a todos, pero es imposible hallarlo, eso a nivel de la sola razón. Para el cristianismo ese Libro es el Logos Increado Eterno hecho carne que da sentido al universo creado, eso a nivel de la fe. Borges dramatiza la nostalgia de un Logos que ordene el caos de libros, mientras que la teología cristiana afirma que ese Logos y su Libro existen y se han revelado en Cristo. Incluso La biblioteca de Babel puede leerse como una parábola de la fragmentación moderna. Existe la totalidad, pero el hombre no consigue habitarla ni comprenderla en plenitud. La infinitud de la biblioteca no produce comunión, sino desconcierto. La abundancia de información no conduce a una Sabiduría Integral Divinizada propia del Hombre Dios. Borges fue formado en un ambiente cultural cristiano, con una profunda fascinación por la teología, pero vivió en una búsqueda nunca resuelta. La literatura contemporánea ofrece dos grandes respuestas. Una Totalunidad reconciliada, cuyo centro es Cristo, y una totalidad laberíntica, donde el hombre con su humanitarismo presiente el infinito pero no alcanza su clave o se acerca con la nostalgia de El Aleph donde todo en el Misterio, tal vez, quedaría relacionado. Ef 1, 9-10. Col 1, 15-20. Rom 8, 19-23. Pierre Teilhard de Chardin, El fenómeno humano. Emile Mersch, The Whole Christ. Nadie, ni en el cielo ni en la tierra, era capaz de abrir el Libro ni de leerlo, pues estaba sellado con siete sellos. Uno de los Ancianos me dijo, no llores ha triunfado el León de la tribu de Judá y Él abrirá el Libro. Existe una literatura que pone en conección el cosmos con los humanidad y lo Divino, pero la mayor parte de ella no utiliza un lenguaje filosófico o teológico explícito. Expresa esa unidad mediante símbolos, mitos, narraciones y experiencias estéticas. Quien busque una teoría de la Totalunidad en la novela casi nunca la encontrará, aunque sí una intuición profunda de ella. Pueden distinguirse varios grupos de autores. El primero está formado por quienes contemplan el cosmos como una realidad viva, en la que el ser humano ocupa un lugar de mediación hacia lo Divino, George MacDonald, Charles Williams, Owen Barfield, Mikhail Prishvin y John Cowper Powys. El segundo presenta la creación entera como una gran comunión, donde la naturaleza, la persona y el misterio Divino están muy relacionados, Marilynne Robinson y en algunas novelas de Shūsaku Endō, de Chaim Potok y de Wendell Berry. El tercer grupo tiene una visión casi cósmica, aunque no siempre cristiana, Hermann Hesse, Antoine de Saint Exupéry y Mika Waltari. En ellos el hombre aparece inserto en un universo cargado de sentido trascendente. Y los autores cuya imaginación construye verdaderos universos donde lo cósmico, lo humano y lo Divino forman una única historia. Aquí destacan J. R. R. Tolkien, C. S. Lewis y Michael D. O'Brien. Pero una novela donde aparezca de modo explícito la Totalunidad semejante a la que desarrolla Vladimir Soloviev enriquecida por la visión paulina y joánica del universo recapitulado en Cristo casi no existe. La literatura moderna ha tendido a fragmentar esas tres dimensiones, unos hablan del hombre sin el cosmos, otros del cosmos sin Dios, otros de Dios sin la creación, otros de la espiritualidad desligada de la historia. Son muy pocos quienes mantienen esas tres realidades en una unidad orgánica. Sin embargo la novela moderna ha sido, con frecuencia, una búsqueda narrativa de la Totalunidad perdida. Algunos la buscaron por caminos cristianos, otros por vías románticas, simbólicas, ciencia ficción, míticas o incluso panteístas, pero la nostalgia de una unidad originaria atraviesa una parte de la mejor literatura de los siglos XIX, XX y XXI. Ap 5-8. George MacDonald, Lilith, a Romance. J.R.R. Tolkien, The Hobbit. The Lord of the Rings. Charles Williams, 1886-1945 Descent into Hell. Olaf Stapledon, Star Maker. Leopoldo Marechal, Adán Buenosayres. Marilynne Summers, *1946 Gilead. C.S. Lewis, Cosmic Trilogy. David Lindsay, A Voyage to Arcturus. João Guimarães Rosa, Grande Sertão. Veredas. José Jiménez Lozano, El mudejarillo La Sabiduría Integral vive pulsiones relacionales analógicas entre lo cósmico lo humano y lo Divino pero jamás igualdades diluyentes panteísticas. Es algo así como lo que escribe el escritor en su página, lo que pinta el pintor en su tela y lo que musicaliza el músico en su pentagrama, tienen profundas relaciones, pero no son iguales, sino que mantienen equivalencias funcionales. Aunque los medios que utilizan son distintos, palabras, pigmentos y notas, el proceso subyacente y el propósito último los conectan de forma directa. El escritor, el pintor y el músico enfrentan el mismo abismo inicial ante el soporte vacío, ya sea la página, la tela o el pentagrama. Existe una equivalencia funcional entre sus procesos creativos, donde cada creador busca estructurar y dar sentido a la realidad desde diferentes códigos expresivos. Sus disciplinas no guardan una relación de copia literal, sino una conexión profunda basada en la traducción del pensamiento y la emoción. Mientras que la pintura opera en el plano espacial, capturando un instante sublime, la literatura y la música son artes temporales que se despliegan en lo magnífico del tiempo. Sin embargo, todas ellas coinciden en el mismo fin, materializar lo invisible. En palabras, el silencio de lo que podría ser arrojado al olvido. En colores, la blancura de una tela vacía. En sonidos armónicos, el testimonio vivo de lo que siente el espíritu humano. Aunque los medios que utilizan son distintos, palabras, pigmentos y notas, el proceso subyacente y el propósito último los conectan de forma directa. 1. La equivalencia del soporte vacío que espera ser ordenado. La página es al escritor lo que la tela al pintor y el pentagrama al músico. Contenedores de posibilidades. El espacio en blanco, el lienzo crudo y el silencio de los tetra o pentagramas vacíos representan la potencia pura antes del acto creador. 2. Existe una correspondencia casi matemática y estética entre las unidades básicas y diversas de cada arte. Escritor, página. Pintor, tela. Músico, pentagrama. Las transforman en Palabras, sílabas. Pinceladas, pigmentos. Notas, silencios. Sintaxis, ritmo. Composición, perspectiva. Compás, armonía. Tono, estilo. Paleta de color, luz. Timbre, matiz. Un escritor busca el ritmo de una frase, un pintor busca la armonía de los colores, y un músico busca el timbre de un acorde. Las fronteras del lenguaje casi se diluyen cuando describen sus propios procesos. 3. En la filosofía del arte hablamos de isomorfismo cuando diferentes formas expresan una misma estructura interna o un mismo sentimiento. Una tormenta puede ser narrada con frases cortas y violentas, pintada con trazos caóticos y oscuros, o musicalizada con un crescendo de percusión y metales. El medio cambia, pero la fuerza transmitida es idéntica. Pero en relación tiempo y espacio, la igualdad se rompe y se transforma en complementariedad. La pintura es espacial, lo ves todo de golpe, aunque luego lo explores al detalle y el tiempo lo pone el espectador. En cambio, la música y la literatura son temporales, necesitan que transcurra el tiempo, el pasar las páginas o el escuchar los compases. Los tres actos son un intento idéntico de congelar la experiencia humana, el pensamiento o la emoción, utilizando diferentes códigos para acceder al mismo lugar, la experiencia estética de quien lo recibe. Y oremos juntos hoy a la Todasanta Siempre Virgen María del Monte Carmelo, recordando que hace cinco años murió Ann Russell Miller, 1928-2021 quien supo cambiar de colores música y libro. Multimillonaria de California con diez hijos, a los 61 años ya viuda repartió su herencia, dejó todo, se hizo una gozosa y pobre carmelita descalza tomando el nombre de Sister Mary Joseph of the Trinity en Illinois. Falleció 30 años después corriendo con sus 92 años hacia el Reino de Dios donde ya no hay más tiempo, ὅτι χρόνος οὐκέτι ἔσται. Ap 10, 6